domingo, 8 de mayo de 2011

Mario Villegas: “Tendrá que entregar"

La trillada especie de que el presidente Hugo Chávez no entregaría el poder en caso de ser derrotado en las elecciones del 2012 parece destinada a desanimar a los venezolanos que añoran un cambio en el país por la vía democrática, electoral y constitucional. Si éste es el propósito, no puedo más que imaginar dos sospechosos.
 
El primero -y más influyente- es el propio gobierno y sus maquinadores políticos. Si en el electorado opositor prende y se magnifica la idea de que el Presidente se va a alzar con el coroto, la desesperanza cundirá y actuará como elemento disuasivo que alejará de las mesas de votación a un significativo número de ciudadanos que podría hacer la diferencia entre el triunfo o la derrota del candidato opositor. De este modo, Chávez terminaría ganando las elecciones y no se vería forzado a despejar la incógnita de si entrega o no. 

El otro sospechoso, ya bastante disminuido políticamente en el país pero no por ello inexistente, es el reducto extremista que desde presuntas posturas ultraopositoras sigue apostando a una opción violenta y extraconstitucional. Conviene a su política estimular la desesperanza y la frustración, caldo de cultivo propicio para la promoción de salidas desesperadas.
Ambos factores se dan la mano en el perverso objetivo de convencer a los potenciales votantes de la oposición de que es inútil acudir a las mesas de votación porque, gane quien gane, Chávez seguirá gobernando por secula seculorum.
Quienes queremos un cambio pacífico y constitucional no podemos caer en esa trampa. Nunca como ahora han estado tan claras las posibilidades de conquistar una rotunda victoria en las mesas de votación.
Y es que entre los venezolanos ha calado hondo la necesidad de construir entre todos y en paz un porvenir de auténtico florecimiento económico y amplias libertades democráticas, con inclusión y sin exclusiones, orientado a una verdadera justicia social.

Pese al ventajismo oficial y el uso abusivo de los recursos del Estado -incluidos el dinero, el funcionariado, la fuerza pública y el poderoso aparato comunicacional- los números y la situación social del país indican que la autocracia militarista instalada en el poder puede salir con las tablas en la cabeza de las venideras elecciones presidenciales.

Y si así resulta, no habrá fuerza capaz de arrebatarle la victoria a un pueblo triunfante aferrado al porvenir. Los oscuros augurios del general Rangel Silva, de Diosdado Cabello y de la difunta Lina Ron se quedarán en el papel. Si el sanguinario Pinochet no pudo escamotearle la victoria al pueblo chileno, menos el fanfarrón de Sabaneta podrá arrebatársela al pueblo venezolano.

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